-Catalina es hora de ir a dormir- le dijo su mamá, mientras salia de la cocina en su búsqueda.
-No quiero, déjame un poco más.
-Lavate los diente y a la cama, que mañana hay que levantarse temprano.
-Ufaaaaa, no quiero.
-Dale. Dale. Vamos
Catalina se tomó todo el tiempo del mundo, no tenía ningún apuro para acostarse. Buscó en el ropero su pijama preferido, el del cosmos, ese que brillaba en la oscuridad y que traía a su habitación el más vivo universo. Dejó ordenada la pila de pijamas, se calzó sus pantuflas de unicornio, no quería sentir la fría baldosa del baño, bostezo un par de veces y se puso a lavar los dientes, los cepillaba de abajo hacia arriba sin ningún apuro, de repente se abrió la puerta suave y silenciosamente.
-Vamos a ver como quedaron de limpios – le dijo su mamá mientras le acariciaba una mejilla. A veeeeerrr… muy bien… A dormir entonces…
Ante de que Catalina se metiera en la cama se dieron un sentido abrazo, como todas las noches. Su mamá no perdía la oportunidad de decirle cuan orgullosa estaba de ella y que la ama con locura.
-Mamá me contás la historia de la abu Lola.
-Otra vez… Van cinco noche seguidas que te la cuento
-¡Por favor mamá!, ¡por favor! ¡me encanta!
Ésta bien, esta bien…
Hace mucho tiempo atrás el abu Gregorio y la abu Lola, decidieron que comenzarían a festejar la noche de Halloween con una fiesta de disfraz a la que invitarían a familiares, amigos y vecinos.
Decorarían la casa y el jardín con todo tipo de calabazas tenebrosas, arañas, algún que otros espeluznante espantapájaros, muertos vivientes y un sin fin de decoraciones aterradoras. Para eso distribuirían tareas.
Los preparativos comenzaban tres semanas antes, para el cumpleaños de tu tío Alberto.
El momento más esperado sin duda para muchos no era el de la torta, sino cuando la abu Lola nos llamaba al comedor para que sacáramos papelitos porque tu tío Víctor y tu tío Hugo nunca no se ponían de acuerdo, los dos querían usar siempre el mismo disfraz.
Yo estaba muy atenta a tu tío Luca, si no le gustaba el disfraz que le había tocado, intentaba hacer trampa y cambiarlo, y eso no me parecía justo.
Los disfraces eran de lo más variados. Vampiros, ángeles endemoniados, zombies, y un sin fin de posibilidades más.
Todos orábamos, rogábamos por sacar el papel en blanco porque era el único que te daba la posibilidad de usaras tu imaginación y crear un disfraz original, diferente, uno con el que lucirse. Todos queríamos tener el disfraz más lindo, mas creativo y diferente.
El año en que tu tío Alberto cumplió los doce la abu, se puso como meta, además de los característicos dulces clásicos, quería hacer algún tipo de dulce o galleta diferente, una con la cual pudiera contar historias terroríficas.
Lo primero que pensó fue en hacer unas galletas con forma de dedos. Le echaría salsa y diría que estaban ensangrentados y que se los sacó a los niños que le querían robar dulces. Después de un rato lo descartó era para su gusto un poco macabro.
Otra idea fue hacer jugo de remolacha, disfrazarse de vampiresa y ofrecerlo como si fuera sangre, la más deliciosa y exquisita sangre pero eso no era tan terrorífico
Podría decorar huevos de codorniz como si fueran ojos verdaderos y comérselos delante de todos pero le pareció, poco creíble.
Mientras cocinaba la masa para una rica tarta, se apareció ronroneando por la cocina, Noche, nuestro gato. Le habíamos puesto ese nombre porque era totalmente negro.
-Viniste a hacerme compañía o solo en busca de comida- le dijo.
A lo que noche sacudiendo el lomo y saltando a un taburete alto dijo:
-Miauu
-Bueno, bueno- ya te doy de comer, termino y te doy.
La abu Lola siguió concentrada en preparar la cena, hasta que en un momento lo vio lamerse, y ahí se le prendió la lamparita…
¡Ya se! – se dijo- voy hacer unas galletitas alargaditas, voy a decir que son lenguitas de gatos. Las voy a producir para que se parezcan. Me disfrazo de una horripilante bruja y cuento tenebrosas historias de como las obtuve.
Fue así como la abu Lola inventó, las lenguitas de gatos.
Para ese entonces Catalina dormía tranquilamente. Su mamá la cobijo, apago la luz y se fue a cocina a disfrutar de unas galletitas.
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